Rincones elegidos de la ciudad están bajo vigilancia cada día, a cada hora. Sólo en Buenos Aires, casi 200 ojos electrónicos supervisan los espacios públicos como parte de las tareas habituales del Estado. El dispositivo crece: según estimaciones del gobierno porteño, en un año habrá diez veces más. Pero no están solos, porque además de los fragmentos callejeros, los espacios más o menos cerrados que cualquiera podría atravesar durante el día también están bajo supervisión de cámaras cuyas misiones, usos y espectadores no siempre se terminan de conocer. ¿O acaso es de conocimiento universal qué se hace con los minutos registrados por (y en) comercios, entidades bancarias, edificios de departamentos, bares?

El rompecabezas gigante opera en silencio (aunque algunas cámaras sí registren sonido) y todo el tiempo. Exagerado como puede parecer, es preciso reconocerlo: a partir de esos fragmentos de video podría reconstruirse casi todo lo que pasa en la ciudad. Y parece que espiar así gusta tanto que no sólo entradas y pasillos de espacios privados copian la vigilancia del espacio público: en Argentina, uno de los hits de la tele por cable de los últimos tiempos le debe la existencia; series policiales y películas de terror copian su estética. Y no casualmente el año próximo habrá una nueva edición local de Gran Hermano, el reality contado con la estética de la videovigilancia.

Libertad vigilada

Están en plaza San Martín, en las inmediaciones del Obelisco, a lo largo de la calle Florida y desparramadas por todo el microcentro. Pero también en unos cuantos barrios, los Bosques de Palermo, plazas pequeñas y esquinas selectas. Algunas registran el ir y venir de autos, colectivos, camiones, y todo el tiempo generan insumos para esa nueva especialidad periodística que es el estado del tránsito, tan en boga que su trascendencia crece día a día en sumarios radiales y posteos en la web. Otras, simplemente, están allí para transmitir qué sucede en veredas y calzadas, sean chicos volviendo del colegio, señoras yendo al trabajo o señores rompiendo la vereda. Entre unas y otras, rondan las 200 en toda la ciudad de Buenos Aires. Claro que la suma no contempla las de oficinas, edificios, ni las instaladas –en el espacio público– por comerciantes preocupados por sus tiendas.

Actualmente, “el Centro de Monitoreo Urbano cuenta con un total de 192 cámaras”, como parte “del Plan Integral de Seguridad impulsado por el gobierno” porteño, explica el vocero de la Policía Metropolitana Eduardo Allen. Las primeras cámaras llegaron hace dos años. Continuaron desembarcando cuando se instalaron bajo la responsabilidad de “la Dirección General de Políticas de Seguridad y Prevención del Delito”, a cuyo cargo quedaron, luego de ser traspasadas desde “la Subsecretaría Urbana” a “la institución policial, mediante el Decreto 1119/09”. En el inicio, recuerda Allen, “fueron instaladas en lugares públicos, tales como plazas y parques”.

Acerca de los motivos para ello, dice, sólo puede especularse, porque sucedió antes de que los dispositivos quedaran bajo la órbita policial. Pero, arriesga, posiblemente se haya tratado de “proteger al ciudadano en aquellos lugares a los que se dirigía para disfrutar de un día en familia, al aire libre, de descanso o esparcimiento. La finalidad concreta seguramente fue tener un espacio libre de hechos delictivos”. Actualmente, esas cámaras dependen de la Policía Metropolitana, y “el objetivo inicial de protección en lugares de esparcimiento se amplió a todo el ámbito de la ciudad”.

Si todo transcurre según lo planeado, las fuentes del Centro de Monitoreo Urbano crecerán: “Se prevé (que) para 2011 (disponga de) unas 2000 cámaras propias”, por lo que dispone el Plan Integral de Seguridad. En la ampliación por etapas habrá nuevas “videocámaras en distintos puntos del espacio público” porteño; todas ellas quedarán “enfocadas a determinados puntos estratégicos”. No están solas en el área metropolitana: hace sólo unos meses, el intendente de Vicente López prometió que el distrito tendrá 160 el año próximo. Y la Municipalidad, los ediles y los empresarios de Rosario están en pleno debate sobre cómo financiar una red de videovigilancia de 140 cámaras en catorce centros comerciales.

Quién te ha visto y quién te ve

Dónde viven los ojos electrónicos porteños es algo que se sabe pero no. Cuáles son sus ubicaciones actuales y cuáles corresponderán a las nuevas son preguntas sin respuesta. Por motivos de seguridad, la fuerza prefiere no develar las direcciones. Sin embargo, consultando el mapa podría apostarse por algunas de ellas (a las que se suman, además, las que Metrovías tienen en la red de subtes y las de las autopistas dependientes de AUSA). Y caminando por ahí con un poco de atención también: los carteles que advierten sobre su presencia florecieron, de un tiempo a esta parte, en postes y lugares insospechados. El aviso es una exigencia legal.

Las calles porteñas se iniciaron en la videovigilancia con una ley sancionada en 2007 (la Nº 2602), pero publicada en el Boletín Oficial recién un año después, luego de que el Poder Ejecutivo vetara tres de sus artículos. Uno de ellos creaba un registro único de cámaras privadas en espacios de acceso público, tales como bancos, comercios medianos y pequeños o shoppings. Reglamentada por dos decretos de 2009 (el Nº 716 y el Nº 1119), la ley estipula que las imágenes registradas no pueden preservarse menos de treinta días ni más de sesenta, y que la autoridad judicial puede decidir sobre ellas. La especificación es clarísima: “No deberán destruirse las grabaciones que estén relacionadas con infracciones penales o administrativas en materia de seguridad pública, con una investigación policial en curso o con un procedimiento judicial o administrativo abierto”.

Hasta entonces, lo que vean las cámaras sólo lo pueden contemplar los 120 operadores del Centro de Monitoreo Urbano. De acuerdo con la propia web institucional, esas personas trabajan en tres turnos, en un espacio que “cuenta con un video wall central de 3,30 m de ancho por 1,80 m de alto; cuatro plasmas de 50 pulgadas y 40 monitores LCD de 20 pulgadas cada uno”; “en cada uno de los monitores se pueden visualizar hasta 12 cámaras”.

La imagen de esos espectadores no resulta difícil de concebir. Difícilmente varíe demasiado de la de quienes siguen cada viernes el programa más sorpresivo del cable, Prende y apaga, el ciclo de las trasnoches de TN que convierte en espectáculo el evento montado por vecinas y vecinos ante cámaras de vigilancia urbana. Bajo la singular perspectiva casi cenital propia del dispositivo ubicado en las alturas para fisgonear el espacio público, los espectadores visitados ese día saben dónde pararse y dónde no para mostrar su show ocurrente pensado para ocasión y desarrollado a los pies de edificios públicos y céntricos de distintas localidades. Las imágenes del tránsito porteño (que cualquiera puede consultar en Internet, yendo a www.buenosaires.gob.ar, y dirigiéndose al apartado correspondiente a Obras Públicas), por lo demás, se han vuelto insumo cotidiano en noticieros, y no sólo para referir su fluidez o colapso. A la cámara oculta, en algunos programas especializados en policiales, la reemplazó la cámara callejera en las alturas: desde allí se muestran escenas de arrebatos, peleas y otros pequeños delitos cotidianos.

Parece modernísimo y, sin embargo, pensándolo en términos de la modernidad, espiar y vigilar sirviéndose de una cámara de video es uno de los gestos más clásicos posibles. Si el panóptico modeló la primera cárcel ideal (el control permanente, perpetuo, invisible; el miedo dentro del cuerpo; el temor a no cumplir con una disciplina ubicua), la posibilidad tecnológica de cumplir con la vigilancia eterna dio el empujón que faltaba para el reality sin fin.

 

FUENTE: www.pagina12.com.ar