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A nadie se le escapa el poder mediático, social, económico y cultural que han adquirido las denominadas redes sociales. Sin embargo, este fenómeno, que ha irrumpido en nuestras casas y en nuestras vidas de una manera tan insaciable, empieza a generar cierta preocupación entre educadores y, sobre todo, entre padres y madres. Desconcertados, se preguntan hasta qué punto la devoción que sienten sus hijos hacia Internet y las plataformas de comunicación virtual puede llegar a ser nociva para la salud social y mental de los más jóvenes de la casa. Es más, llegan a cuestionarse si el laxo control que tienen sobre las actividades de sus hijos en la red puede resultar contraproducente para su formación. No podemos negar que Internet, así como las redes sociales, en su conjunto, han contribuido a hacer el mundo más pequeño, a democratizar el acceso a la información y la cultura, a fomentar ciertos tipos de comunicación de una manera más rápida y eficaz. Sin embargo, tampoco se puede ocultar que no parece que este fenómeno haya contribuido a romper las barreras de aislamiento, reclusión doméstica e individualismo que caracteriza a la época actual.

El ordenador y el contacto virtual han desvirtuado, en buena medida, las relaciones personales, interpersonales y familiares reales, creando una curiosa y paradójica teoría en torno a los índices de afectividad, sensibilidad y proximidad humana. Con todo, si los padres desean saber hasta qué punto la integridad formativa o afectiva de sus hijos puede estar escapándose a su control, o si su responsabilidad como tutores principales está siendo la adecuada, han de empezar por hacerse una serie de preguntas cuyas respuestas les resultarán altamente reveladoras. ¿Sabemos qué uso hacen nuestros hijos de Internet? ¿Conocemos las páginas web que visitan? ¿Estamos informados de las redes sociales desde las que interactúan? ¿Conocemos el tipo de red y la finalidad de la misma? ¿Somos conscientes de la información que nuestros hijos han vertido de ellos mismos y de nosotros en las redes virtuales? ¿Estamos al tanto de los datos que circulan a través de Internet sobre ellos? ¿Sabemos quiénes son sus interlocutores, o con qué tipo de personas se relacionan? ¿Conocemos el funcionamiento de Facebook, MySpace, Linkedin, Xing, o Hi5? ¿Distinguimos entre Twitter, Tuenti, Badoo, Friendster, Xiaonei o Livejournal? Si la respuesta a la mayoría de estas preguntas es afirmativa, significará que lo estamos haciendo bien. Si, por el contrario, la respuesta es negativa, implicará que los hemos abandonado a su suerte y que hemos olvidado una de nuestras principales funciones como padres: la protección de nuestros hijos. 

No se trata de caer en el excesivo paternalismo, de coartar su libertad, ni de limitar la capacidad de decisión de nuestros jóvenes, ni siquiera de frustrar el natural desarrollo de su personalidad de acorde a los tiempos que corren. De lo que sí se trata es de advertirles de los peligros que conlleva filtrar demasiada información personal en la red, de las amenazas que pueden surgir a través de la pantalla, de las posibles consecuencias que un mal uso de las redes sociales puede tener para su futuro, del alto grado de vulnerabilidad que sufren cuanto revelan según qué datos relativos a su personalidad y modo de vida, de la banalización y vulgarización que supone colgar en Internet su fotos más personales o compartir sus pensamientos más íntimos, del grado de debilidad que adquieren a la hora de sufrir posibles represalias o ataques de aquellos que no comparten su filosofía de vida, de la importancia de desconfiar de las plataformas que soliciten demasiados datos personales, del peligro de sufrir un robo o una suplantación de identidad, del deterioro que puede llegar a experimentar su autoestima, de los riesgos de padecer abusos, adicción o cyberbullying(ciberacoso), o del número de enemigos que pueden forjarse (recordemos la carátula publicitaria de la película dirigida en 2010 por David Fincher La Red Social: "No haces 500 millones de amigos sin ganarte algunos enemigos").

Hoy sabemos que los rastros que dejan las redes sociales en Internet son utilizados por las empresas que ofertan empleos públicos y privados para discriminar, priorizar o descartar a sus potenciales trabajadores. Muchos jóvenes, especialmente entre 15 y 25 años, de manera inocente, han dado rienda suelta a sus impulsos sociales y han caído en una trampa mortal. Agencias especializadas se encargan de hacer este tipo de trabajo paralelo a las agencias de empleo y de cazatalentos, con lo que un currículum académico brillante o suficientemente solvente, puede desprestigiarse y perder todo su valor si los datos personales que circulan por la red de un potencial candidato no están a la altura de las expectativas de los futuros empleadores. En dos años este estudio paralelo del perfil del trabajador se habrá generalizado, cogiendo por sorpresa a millones de personas. Las consecuencias para aquel o aquella que aspire a ostentar un cargo de responsabilidad laboral, administrativa, académica o política serán devastadoras. No tenemos más que mirar hacia Estados Unidos, Francia o a ciertas Comunidades de nuestra geografía para constatar esta triste y cruel realidad a nivel político.

Frente a este cúmulo de despropósitos, una serie de reivindicaciones han ido surgiendo desde asociaciones de afectados, agrupaciones de padres y desde la propia Administración a fin de controlar el uso que hacen las redes sociales de nuestros perfiles y datos. Tal es así que la Agencia Española de Protección de Datos está facultada para multar con hasta 600.000 euros a aquellas empresas del sector que vulneren el derecho a la privacidad de sus usuarios. Pero la jurisprudencia surgida al efecto es más lenta que las violaciones detectadas. Un libro elaborado por la Fundación Solventia, titulado Redes sociales y privacidad del menor, así lo demuestra. El director del estudio, José Luis Piñar Mañas, señala que el alcance de las redes sociales es "internacional y extraterritorial", lo que dificulta aún más la implantación de un sistema legal global que vele por los consumidores. Ni siquiera los códigos de conducta autoimpuestos por las empresas son suficientes. El derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen es tan explícito en el marco jurídico como sutil su defensa cuando el usuario ha tenido a bien filtrar sus datos personales en una red social aceptando las imprecisas o confusas políticas de privacidad que aplican. Todo ello hace que perseguir a los infractores resulte cada vez más difícil pese a los esfuerzos realizados por el Grupo Europeo de Protección de Datos, que ya tuvo ocasión de reunirse en Estrasburgo en 2008 para dictar una Resolución "sobre la protección de la privacidad en las redes sociales" que hacía hincapié tanto en la Directiva 95/46/CE del Parlamento Europeo y del Consejo de la UE de 1995, como en las leyes de cada uno de los Estados miembros. Sin embargo, una vez más, la indefensión de los afectados trasciende cualquier directiva por amplia que ésta sea, dado que estamos ante un fenómeno que es en esencia global y, por tanto, difícil de delimitar y definir. Seamos cautos.

FUENTE: www.elcorreogallego.es